El Bosque

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Jeta de Raymond
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El Bosque

Mensaje por Jeta de Raymond » 11 Sep 2020 22:50

Después de 20000000 de años sin postear nada reaparezco de la nada para traer este Fic. La temática es, evidentemente, sobre Resident Evil. En teoría iba a ser bastante largo y tengo ya algunos capítulos hechos pero la inspiración es una musa esquiva y muchas veces la pereza también tiene la culpa, así que iré subiendo al ritmo que mi jeta me lo permita.

Sinópsis:
Rebecca Chambers se adentra en el pequeño y escondido pueblo de Beaver Village para realizar una solitaria investigación científica. Sin embargo, lo que parecía ser una tranquila villa apartada de las grandes urbes, acaba por esconder siniestros y oscuros secretos que parecen tener su origen en el enorme y misterioso bosque que rodea el pueblo. La joven científica se verá obligada a buscar respuestas más allá de su investigación, adentrándose irremediablemente en una espiral de horror y confusión de la que solo podrá sobrevivir confiando en sus propias habilidades.

Oculto:
Capítulo 1: La Niebla

A veces la vida es como un bosque, lleno de secretos, lleno de caminos ocultos. Plagado de diferentes formas de llegar al final. En ocasiones, te pierdes y crees que no volverás a encontrar la salida. Y, otras veces, la luz lo ilumina todo y se muestra el camino claramente. Aun así, es un bosque hermoso, frondoso, rebosante de oportunidades. Pero, no deja de ser un bosque, si no vas con cuidado, puedes acabar siendo presa de sus peligros. Por eso debes confiar en tus sentidos, creer en tí misma y no dejarte llevar por las engañosas sombras de los árboles, sino por la verdadera esencia.
-Señorita, su habitación está lista.- Dijo al fin el dueño del hotel. Me habían hecho esperar bastante a pesar de haber reservado. Pero, ya se sabe, en los sitios pequeños las cosas llevan otro ritmo.
Me acerqué al mostrador y tomé la llave. Era un pueblo escondido, oculto, rodeado de una vegetación exuberante. No tenía nada especial, no poseía monumentos, playa, ni ningún tipo de distracción para turistas. Era pequeño y sus humildes habitantes se ganaban la vida como podían. Además, se añadía un importante detalle. El bosque. No muy lejos de aquella pequeña agrupación de viviendas, se extendía un amplio bosque alrededor del cual circulaban muchas historias extrañas. Tal vez leyendas urbanas, tal vez algunas tuvieran parte de verdad y parte de ficción. Pero lo que estaba claro era que los pueblerinos preferían no hablar mucho del tema y acercarse lo menos posible.
Si algo me ha enseñado viajar a diferentes lugares es tener siempre en cuenta los consejos de los lugareños. Así que, a pesar de mi mente científica y escéptica, no pasaría por alto sus recomendaciones.
Entré en la habitación y me tumbé en la cama. No, más bien, me dejé caer sobre ella. Aun sin abrir ninguna de mis maletas. Había sido un trayecto largo y, no sé por qué, era una costumbre que tenía cuando llegaba a mi habitación tras un largo viaje. Una especie de ritual que me indicaba que todo comenzaba.
Miré por la ventana; Algunas pequeñas viviendas se agrupaban a lo lejos. Y si me esforzaba un poco, era capaz de ver cómo, silenciosamente, el bosque parecía querer engullir al pequeño pueblecito de Beaver Village. Simplemente era un bosque, solo eso, pensé y me dispuse a colocar mi equipaje.
"Toc, toc, toc...toc" Curiosa forma de llamar. Me acerqué a la puerta y abrí con una sonrisa. Y al ver quien estaba tras ella por un momento me dio un vuelco el corazón, se parecía asombrosamente a Jill Valentine. Tuve que esforzarme en diferenciar bien sus rasgos para identificarla debidamente.
-¡Becky! ¿No te acuerdas de mí?
-No, no me llames así. Rebecca, por favor.
-Claro. Soy Elize, tu compañera de clase. ¿Recuerdas? Hace mucho de eso, pero no has cambiado mucho.- Y soltó una melodiosa carcajada. -Sigues con esos rasgos tan dulces.- Tenía un atractivo imponente, al igual que Jill. Era pelirroja, con una larga y salvaje melena. Sus ojos eran azules y era muy pálida. Sus rasgos se parecían mucho a los de mi compañera de los S.T.A.R.S. E incluso su cuerpo tenía la misma forma. Era curioso que hubiese crecido de forma tan similar a Jill. Sonreí.
-Si, claro que te recuerdo. Es que tu si has cambiado un poco.
Elize sonrió asintiendo, con chulería. Y entró sin pensárselo dos veces, casi empujándome.
-Es que al verte he pensado "Tengo que saludarla" - dijo abriendo más las cortinas, como si de su habitación se tratase y se sentó en la cama. - Por los viejos tiempos.- Y me miró fijamente, con una seriedad que no venía mucho al caso.
Sonreí de nuevo. -No pensé que te acordases de mí, ya sabes, yo no era muy popular y en seguida me fui a la universidad. Pero es agradable reencontrarse con alguien a quien no ves desde hace tanto. Simplifica mucho las cosas. - Y me reí un poco.
Ella asintió, mirándome fijamente. -Trabajo en el bar del hotel, de camarera y a veces hago algún que otro espectáculo. Ahora me tengo que ir, pero espero que te pases en algún momento para ponernos al día ¿Qué dices? La comida está buena, a pesar del sórdido aspecto que tiene todo esto.
-Claro, me pasaré.
Me escrutó durante un tiempo, con seriedad. Y de pronto se levantó, como si recordase algo.
-Sería genial, este pueblo es muy aburrido.- Dijo, marchándose.
Se parecía a Jill hasta en los gestos. Era sorprendente.
-Allí te espero- Se escuchó por el pasillo.
Elize fue la típica niña guapa, simpática y popular en el colegio. Todo el mundo quería estar con ella y caía bien a todos. Sacaba buenas notas, era buena en deportes, tenía muchos amigos y su personalidad era atrayente.
No se podía decir que fuéramos íntimas, pero tuvimos una relación más que cordial. Siempre me pareció una persona muy agradable. A pesar de ser popular, no era una persona que se dejase llevar por frivolidades. No obstante, nunca imaginé que se acordaría de mí. Pasé poco tiempo en el colegio y en ese tiempo nunca logré encajar. Sacaba malas notas porque me aburría. Me costaba mucho atender. Era diferente a todos los demás niños, entendía la vida de otra forma, veía las cosas de otra manera. Nunca llegué a tener amigos. Entonces me refugiaba en mi solitario mundo, sin necesitar de nadie más.
Era extraño que me recordase.
Me encogí de hombros. Nunca habría imaginado que me encontraría a esa chica en un lugar como este. Siempre pensé que acabaría siendo actriz o cantante. Sin embargo, aquí estaba, en un pueblecito perdido, sencillo, anodino. No apto para estrellas de cine.
Al fin abrí las maletas y coloqué mis cosas en los diversos cajones. El armario era antiguo, viejo. Tanto que parecía que llevase allí más tiempo que el propio hotel.
Al abrirlo emanó un fuerte olor a naftalina de dentro. Una sonrisa de satisfacción recorrió mis labios. Era amplio y estaba limpio. A pesar de mostrar una mala apariencia por fuera, era perfectamente práctico. Coloqué mi ropa en varias perchas.
Sentí cierta lástima por aquél mueble olvidado. A mí siempre me importó más la funcionalidad de las cosas que su aspecto, nunca me deslumbró la envoltura de las cosas, la apariencia. Si no servían para lo que debían servir, eran inútiles, aunque tuviesen el aspecto más hermoso de todos.
Y aquel armario era tosco, viejo, desentonaba en cualquier lugar. Y probablemente cualquiera lo cambiaría por otro. Por uno nuevo y más bonito. Igual de grande…
Como esas personas que no encajan en ninguna parte, tal vez porque no siguen los estereotipos, tal vez porque está en su naturaleza ser diferentes. Sin embargo, en su interior albergan un espacio acogedor y agradable. Largas conversaciones y apoyo en momentos difíciles.
Ese armario me cayó bien. Sentí una complicidad diferente que con el resto. Yo sabía de su potencial y probablemente nadie sabría disfrutarlo como yo.
Tras trabar una inesperada amistad con un objeto inanimado, cerré sus puertas y me dispuse a darme una ducha.
Hacía mucho frío. Necesitaba despejarme.

Mis entumecidos músculos se relajaron bajo los cálidos y humeantes chorritos de agua que caían con dulzura sobre mi cuerpo. La sonrisa no se despegó de mis labios ni un solo momento.

Cuando acababa de salir de la ducha, escuché un ruido en la puerta de fuera. Salí rápido, con la toalla a medio poner, pero cuando abrí no había nadie. Observé los alrededores y descubrí que habían dejado una nota con algo escrito en el suelo. Lo tomé entre mis manos y cerré la puerta.

Era un recorte de periódico, de hacía tan solo unos meses. Una joven había desaparecido en los alrededores del pueblo. El artículo tenía cierto tono morboso y sensacionalista y se servía de diversas leyendas sobre el bosque para hacer especulaciones fatídicas y fantasiosas en torno al origen de la desafortunada desaparición de la muchacha. Por lo visto, varias jóvenes habían desaparecido durante las últimas décadas por la zona. No habían dado con ninguna de ellas, la policía había investigado y peinado la zona, pero no había ni rastro de ninguna de las víctimas.

Probablemente, al ser un lugar apartado, y, desgraciadamente, unas pobres chicas que no le importaban a nadie, la policía había cumplido, por decirlo de alguna forma, con lo mínimo que podían hacer y al no encontrar nada, habían desistido de seguir gastando recursos.

Es algo común con este tipo de desapariciones, además, estaban suficientemente alejadas en el tiempo y las circunstancias de la muerte como para considerarlo casos aislados.
No obstante, las personas no desaparecen por arte de magia y el autor siempre deja un rastro, aunque a simple vista fuese difícil vislumbrarlo. Si hubiese pertenecido a esa división de policía, no habría cejado en mi empeño de dar con las muchachas hasta encontrarlas, pero no era el caso, llevaba años alejada de los uniformes azules, ahora pertenecía a algo mucho más importante, más trascendente.

No había venido aquí por ese motivo, pero si alguien me había dejado esto tras la puerta era por alguna razón, tal vez porque necesitase ayuda. Tal vez una advertencia…

Mientras me vestía y preparaba para dar una vuelta por el pueblo y hacerme con él, pensaba sobre el recorte. Mi objetivo en este lugar era otro y no iba a distraerme, pero eso no significaba que fuese a dejar de lado aquellas desapariciones misteriosas.

Bajé las escaleras y me topé con el hombre de la recepción, de mirada lujuriosa y gesto áspero.
Debía rondar los cincuenta años. Se notaba que no se había cuidado mucho, tripa cervecera, pelo cano, demasiadas arrugas. No obstante, sus movimientos no se correspondían con su dejado aspecto, era desconcertantemente ágil.

-Señorita Chambers, aún me pregunto qué es lo que busca aquí para haberse largado de una gran ciudad y haberse dejado caer por este extraño y envejecido pueblucho, tendrá sus motivos, todos los tenemos. Sin embargo, a pesar de no entenderlo, me veo obligado a advertirle. No se acerque al bosque. Es un lugar peligroso, al margen de las leyendas que le puedan contar por aquí, hay animales, niebla, frío y es fácil perderse. Además, las leyendas siempre tienen su parte de verdad, usted ya me entiende…-Dijo con cierto halo misterioso, con un deje más ronco en su voz.

-Tendré en cuenta sus recomendaciones, gracias. – Respondí lacónicamente.

Asintió y se metió en su salita. –Si necesita cualquier cosa, ya sabe dónde estoy – Me dijo su voz desde el interior.

-Claro, gracias de nuevo.

Al salir, descubrí que la niebla se había adueñado de aquella pequeña civilización aislada. La humedad impregnaba las ennegrecidas siluetas que formaban Beaver Village. Hacía frío, un frío que mantenía rígido todo aquello que permaneciese mucho tiempo en el mismo sitio. Por suerte, había traído la indumentaria adecuada, no obstante, no me venía mal caminar un poco. Era difícil discernir los contornos de las cosas, era una niebla demasiado espesa, perfecta para mi investigación.

Mientras caminaba, un escalofrío recorrió mi espalda, el paisaje, por un breve instante, me recordó a la profunda niebla que cubría las montañas Arklay. Aquellos deshojados árboles, cuyas ramas en formas retorcidas auguraban lo que estaba a punto de acontecer, en aquél misterioso bosque lleno de criaturas sedientas de sangre. Aquello fue hace ya casi once años, pero no podía evitar que, de vez en cuando, me asaltaran recuerdos de aquella pesadilla.
Cuanto más caminaba, más se condensaba la niebla. Era como nadar en un mar infinito, blanco y helado.
De pronto, me tropecé con algo, algo grande y caliente.

-Disculpe, la niebla no me deja ver bien.-Me excusé, por si aquella figura de 36 grados centígrados pertenecía a un ser humano.

-Oh, no te preocupes- Dijo una voz masculina, profunda, con un deje chulesco. -¿Estás bien?

-Si ¿Te he hecho daño?- Quise saber mientras aparecía ante mí un hombre rubio de mirada acerada. Era menudo de cuerpo, no obstante, musculoso. Sus facciones eran hermosas, suaves. Algo en su mirada se me antojó familiar.
Sonrió con lascivia
-No, en absoluto.
Sonreí e intenté continuar caminando, pero su actitud me hizo estremecerme por un instante. No obstante, no permití que aquel sentimiento llegase a exteriorizarse.
-Así que Rebecca Chambers.
-¿Me conoce?
Negó con la cabeza con un gesto seductor y me miró fijamente.
-Es solo que…- Y lo dejó en el aire, al tiempo que mantenía sus verdes y brillantes ojos posados en los míos. La difusa respuesta me hizo enarcar una ceja.
-¿Y bien?- Pregunté
-Tiene un pequeño admirador en el pueblo. Con suerte, puede que se lo encuentre si sigue por este camino. Y no me refiero a mí, claramente. Aunque no descarto la posibilidad en un futuro. –Terminó diciendo mientras me guiñaba un ojo.
No supe qué demonios contestar a aquella ambigua afirmación, así que sonreí sin estar muy convencida, y continué mi camino.
-Por cierto- dije sin darme la vuelta. -¿Cuál es su nombre?
-Es justo, si yo me sé el suyo, usted tendrá que saber el mío. Y dudo tener admiradores en este pueblo. Soy Adam Wolf. Es un auténtico placer, señorita Chambers.
Me giré hacia él y le sonreí. –El placer también es mío, señor Wolf. Si me disculpa, tengo un poco de prisa, ya nos veremos.
-Algo me dice que sí, que nos veremos pronto- Y desapareció entre el blanquecino vapor de agua condensado.
Supuse que en todo pueblo tiene que haber un rubio seductor misterioso.
Me encogí de hombros y caminé hasta la tienda. Necesitaba ciertas provisiones.

-No, era enorme, al menos medía tres metros de altura.
-¿Tres metros? Eso es imposible.

Cuando atravesé la puerta, el silencio se apoderó de la estancia. Ambos me miraron con cierto apuro, como si no debiese haber entrado en ese momento. Me sentí como si hubiese irrumpido en mitad de una escena importante de una película famosa y los personajes solo pudiesen permanecer pasmados con gesto de asombro.
Ni si quiera mi sonrisa de diplomacia amistosa se hizo con aquellas dos personas. Así que desistí y continué con mi propósito. Bajé la escalerita y me coloqué a la espera de mi turno. Observé a las personas que allí se encontraban mientras esperaba.
Se trataba de dos hombres; el dueño de la tienda, un varón blanco de mediana edad. Su cabello era castaño, con un peinado elegante, actitud altanera y una postura erguida. Tenía buen tipo a pesar de su edad y la piel muy pálida. Sus ojos azules contrastaban con aquella blanquecina tonalidad de su tez. Y el cliente, al otro lado del mostrador, era un hombre negro, rondaría la cincuentena. Tenía el pelo cano y era corpulento. Se notaba que en un pasado había hecho algún deporte pesado que había hipertrofiado sus músculos. Su mirada era dura e intimidante y con ella me escrutó antes de saludarme con un gesto de cabeza.

-Disculpa, joven, ¿Necesitas algo de mi tienda? – Preguntó el hombre blanco.
-Venía a por una cosa, pero, por favor, atienda primero a…- Sin poder terminar la frase, me interrumpieron –Nah, solo estaba charlando, puedes comprar lo que sea que quieras comprar- Y salió por la puerta sin dejar de mirarme con actitud grosera.
El tendero me observó con apuro. –No te lo tomes personal, él es así. ¿Qué deseas? – Me preguntó con una sonrisa artificial.
-Solamente necesito unos guantes. Creo que estos no son lo suficientemente precisos.
-¿Precisos? Permíteme la impertinencia, pero con este frío lo último que se necesita es que sean precisos.
Asentí con condescendencia.
-Lo que sucede es que necesito cierta precisión, quiero ir al bosque a coger unas muestras.
-¿Es usted científica? Se llevará bien con el médico del pueblo. En su día fue un investigador.
Supuse que dar rodeos era típico de los lugareños.
-Sí, se puede decir que soy científica. Está bien tener un médico cerca, normalmente hay que recorrer unos cuantos kilómetros para llegar a un centro médico en pueblos como este. Tal vez tenga la ocasión de conocerle en algún momento- Mientras le hablaba, atendía como un alumno vocacional, con los ojos abiertos y brillantes, su barbilla apoyada en la palma de su mano y una sonrisa de enamorado.
-Tiene toda la razón, señorita- contestó con la misma sonrisa, embobado. De pronto, puso gesto de darse cuenta de algo y se fue por un pasillo de detrás del mostrador. -¡Voy a ver si encuentro algo que pueda servirle!- indicó desde algún lugar.
Mientras no estaba, aproveché para cotillear un poco su local. Era una tienda curiosa, vendían ropa y herramientas para moverse en climas fríos y terrenos boscosos, comida y bebidas, plantas y adornos y algún que otro peluchito o suvenir, si es que se le podía llamar así. Supuse que, al no haber demasiadas tiendas, cada una debía condensar tantos productos como pudiera. Había un peluche de un conejo un tanto extraño, de esos juguetes de los cuales no se sabe con exactitud su objetivo, si gustar o asustar a los niños.
–Dígame, joven, ¿Es una investigación importante? Lo digo porque nadie iría hasta este inhóspito lugar para una pequeña investigación – Preguntó desde la lejanía.
-Bueno, no creo que este pueblo tenga nada de malo. Me gusta la tranquilidad de los lugares alejados de las grandes ciudades. Podría decirse que son como unas pequeñas vacaciones.
-Es usted una joven optimista- Dijo mientras aparecía por otro pasillo distinto con una caja en la mano. –Eso es algo muy valorable por estos lares. En los lugares fríos, la alegría acaba por apagarse.
Abrió la caja y me tendió unos guantes de un color entre gris y verde. – Aquí tiene.
-Gracias- Dije mientras me los probaba. Eran sorprendentemente cómodos y elásticos. Su tacto era suave y tenían mucha movilidad. Eran justamente eso, precisos. Una sonrisa de placer y satisfacción acudió a mis labios. –Me los llevo.
El hombre asintió sonriente y los metió en la caja. Mientras realizaba la compraventa continué divagando sobre aquellos maravillosos guantes. Era curioso, en la ciudad busqué por muchas tiendas especializadas y ninguna me pudo dar lo que necesitaba. Sin embargo, en una tienda de un pequeño pueblo apartado, estaban los guantes definitivos. Desde luego, estaba claro que congeniaba bien con los objetos de Beaver Village, como con el armario de mi habitación de hotel.
El hombre me tendió la bolsa con una amable sonrisa, y cuando iba a cogerla, la apartó de mis manos con un movimiento rápido. –Señorita, debo advertirle de ciertos peligros que conlleva ir al bosque con esta niebla. La niebla hace que nos confundamos y no distingamos bien las cosas. Nos hace torpes y lentos y eso puede tener fatales consecuencias en un lugar tan lleno de vegetación. Sé que no será la primera vez que recorre un lugar lleno de plantas y humedad, pero…la niebla de este lugar…no es exactamente como la que usted pueda haber experimentado…en otros sitios…- Su rostro se tornó extraño, cuando se ponía serio parecía otra persona completamente diferente, como si se le desencajasen todos los músculos de su cara y bailasen una desconcertante danza, para volver a conectar de una manera inquietante.
-¿Qué quiere decir con eso?- Pregunté. Era cierto que había estudiado el terreno antes de venir. Los pocos libros que hablaban sobre el pueblo y sus alrededores no mencionaban nada de una niebla diferente, pero, precisamente porque no estaba demasiado estudiado aquél bosque, era el motivo por el que yo me encontraba aquí. Uno de ellos, al menos.
El hombre me miraba fijamente, con aquél rostro desencajado y extraño, advirtiéndome. Sus labios se separaron y tomó aire, y justo cuando iba a hablar, entró un joven con una caja enorme entre sus manos.
-¿Dónde dejo lo que me pidió, señor Lambert?
Su tez volvió a transformarse en la de antes, con un gesto altanero y postura erguida. –Ahora voy a estar un tanto ocupado, señorita. Me alegra que haya encontrado lo que buscaba en mi tienda, si tiene algún problema con su compra puede venir en cualquier momento y devolverla, eso sí, guardando el embalaje original y en menos de quince días...
Asentí.
-¡Es broma! Lo he dicho porque es lo que se acostumbra en la gran ciudad. Desde luego tiene quince días para su devolución, pero no hace falta el embalaje ni el ticket, no hay más personas que me hayan comprado ese tipo de guantes. Ya sabe, aquí todos nos conocemos, este es un pueblo pequeño y familiar. – Dijo mientras me empujaba con delicadeza hasta la salida. – Y tenga cuidado con el temporal- Su gesto se tornó extraño de nuevo al pronunciar la última frase –Tenga una agradable búsqueda científica- Dijo, con su gesto de persona afable de nuevo. Era como una versión horrible de Víctor o Victoria.

Después de salir abrupta, pero educadamente de la tienda, caminé en dirección al bosque. En ese momento me encontraba ante cierto dilema. Por un lado, debía llevar a cabo mi investigación y el clima era perfecto para ello. Pero, por otro, hacer caso de los lugareños no suele ser mala idea, sobre todo cuando ya dos de ellos me habían advertido sobre aquella niebla. Normalmente son supersticiones o leyendas, no obstante, después de que toda una mitología de terror se hiciese realidad delante de mis narices, me había convertido en una persona más susceptible de creer en dichas leyendas.
Fuera como fuese, si algo extraño había en esa niebla, seguramente yo era la indicada para estudiar de qué se trataba. Si algo me ha enseñado la ciencia, es que todo tiene una explicación lógica y que todo, por ende, tiene una solución lógica. La magia suele aparecer cuando alguien no logra encontrar respuestas coherentes para cualquier tipo de fenómeno.
Tenía el equipo preciso, si esa niebla tenía algún componente o filtración tóxica, lo sabría.

El Bosque estaba a unos veinte minutos del pueblo, caminando. Había un sinuoso sendero que conducía directamente hasta él. La niebla se iba condensando conforme avanzaba hacia mi destino. Era como si me estuviese adentrando en un inmaculado iceberg.
Normalmente, la niebla se vuelve tóxica por sustancias que alteran la composición de la atmósfera. Y estas sustancias son generadas por fábricas e industrias. Es extraño que en un entorno natural, como un bosque, se genere ese tipo de contaminación. Los árboles suelen ser un seguro de aire limpio, renovando el oxígeno que respiramos. Sería extraño que la niebla solamente fuese peligrosa en el bosque, ya que la del pueblo no era nociva. Debía existir algo en el bosque que alteraba su composición, pero me resultaba difícil de creer. Además, en sus alrededores no había ningún tipo de concentración de fábricas o industrias. Tal vez no se refiriesen a una toxicidad, sino a otra cosa…
Al fin llegué al bosque. Era salvaje y hermoso a partes iguales. Estaba completamente en silencio. Reencontrarme con la naturaleza renovaba mi espíritu. Siempre me gustó la botánica y el contacto directo con el entorno a estudiar. Me sentía en mi hábitat.
Por si acaso, me había puesto la máscara antigás. Mi instinto me decía que no era necesario, pero siempre fui precavida en exceso, eso me evitó muchos problemas en mi vida.
La seta que buscaba era un mito científico. Una especie de la que se hablaba vagamente en ciertos libros llenos de polvo. Ya olvidados. Se tenía la idea de que podría existir en lugares llenos de vegetación y humedad, cuya iluminación fuese discreta. En mis estudios, la pista a seguir eran precisamente estas tierras, puesto que, por alguna extraña razón, estaban prácticamente vírgenes con respecto al estudio científico. Pocos se habían adentrado a estudiar este ecosistema en profundidad. Supuse que por las supercherías y leyendas que recorrían este lugar. No obstante, algo más debía haber detrás, todo científico moderno que se precie no hace caso de leyendas absurdas, al menos, no hasta el punto de no continuar hasta hallar la verdad.
Si mis premisas eran ciertas, podría encontrar aquí un ejemplar de aquél hongo que me ayudase con una investigación sobre nuevas posibles curas a enfermedades, creadas por futuros bioterroristas. Tenía unas propiedades excelentes, al menos los que había estudiado en el laboratorio, que pertenecían al mismo orden en la clasificación taxonómica.
La humedad y temperatura de este bosque hacían posible la localización de una especie nueva. En mi universidad, prefirieron darle material y ayudantes a un hombre, cuya investigación carecía, per sé, de una base sólida. Era un hombre con unas capacidades limitadas, pero, al fin y al cabo, era hombre. Y yo, a pesar de mis logros, una mujer. Pero por eso había aprovechado para venirme y estudiarlo por mi cuenta. Y así darle en las narices con mi descubrimiento al “consejo de sabios” de la universidad. Mi instrumental era limitado, pero nada que me echase para atrás. Y cuando acabase, mi trabajo sería totalmente mío, ya que no habían querido financiarlo.

Estuve en el bosque hasta el mediodía. La niebla se había disipado un poco y me permitía ver mejor por dónde pisaba. Durante esas horas, había obtenido bastantes indicios de que me estaba acercando cada vez más a encontrar el hongo por el que había viajado hasta aquí.
Tenía las manos un tanto entumecidas, era el precio por obtener más precisión en mis movimientos dactilares. El equipo pesaba bastante, no obstante, mi cuerpo ya estaba lo suficientemente entrenado como para soportar esos kilos de más sobre mis músculos.
Encontré un claro, con una espesa y brillante vegetación. Estaba húmeda y llena de clorofila. Me senté y di cuenta del pequeño, pero energético almuerzo que había traído. El bosque parecía querer abrazarme con las ramas de sus árboles. Estaba a gusto. Era un entorno hermoso, solitario y tranquilo. Nada ni nadie iba a aparecer para molestarme. Nada perturbaría la quietud y el equilibrio espiritual que me daba mi trabajo de campo. Ese descanso en mitad de la nada, ese almuerzo energético y canijo, me supo mucho mejor que comer en un restaurante lujoso de la ciudad.
Prácticamente cuando acababa de entrar al bosque, cogí muestras del rocío de las hojas para analizar la composición de la niebla. No tenía más métodos, así que tuve que hacerlo de una manera rudimentaria.
Terminé de comer y reemprendí mi camino. Me coloqué de nuevo la máscara antigás, aunque estaba prácticamente segura de que la niebla no suponía ningún problema.

El camino se hacía cada vez más visible, y los pasos que daba eran cada vez más certeros. Llegué a un lugar que parecía perfecto para albergar mi objetivo. Me adentré entre unas espesas ramas que obstaculizaban el paso y encontré, sin proponérmelo, un pequeño senderito. Si miraba con detenimiento, se podía vislumbrar una silueta al fondo, tal vez una pequeña cabaña. Esto sí que no me lo esperaba.
Caminé hacia la pequeña construcción de madera. Al llegar, la observé con curiosidad. Estaba en un estado sorprendentemente bueno. No quería desviarme demasiado de mi objetivo, pero, si mis pesquisas eran ciertas, el hongo debía aparecer por esta zona. Algo no cuadraba, algo realmente no encajaba…
Me aproximé a la puerta y agarré el manillar. Lo pensé mejor y di tres golpes firmes con el puño. Silencio. Entonces agarré el pomo y giré.
“Rebecca…Rebecca…” Escuché en la lejanía. Mis sentidos se alertaron, volví sobre mis pasos siguiendo aquel susurro extraño.
-¿Quién anda ahí? – Pregunté. De pronto me sentí igual de estúpida que aquella vez en el tren. Preguntando lo mismo. Con todos esos pasajeros muertos, esperando beber mi sangre…
Nunca aprenderás, Rebecca.
-¡Sal de ahí, seas quien seas!- Ordené. Ya no tenía dieciocho años. La niebla ahora era más intensa, no podía ver bien.
Un dolor apareció en mi cabeza tras sentir un certero golpe en el cráneo. Mis sentidos se desvanecieron…
Esto no debería haber pasado, Rebecca…
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Ele Alzerav
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Re: El Bosque

Mensaje por Ele Alzerav » 18 Sep 2020 17:27

=D> =D>

Muy bien, tú no te preocupes, seguiremos el ritmo ese de tu Jeta xD

Rebecca siempre es bienvenida, que la echamos de menos y no nos queda otra que imaginar en relatos a lo que se ha dedicado todo este tiempo.
Vamos a ver cómo le va por este paraje, porque ya de momento parece que ha empezado con el pie izquierdo (y con una buena jaqueca xD)

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